6 de Agosto de 2008Keflavik-KrysuvikNos levantamos temprano. Desayunamos y concluimos el montaje de las bicicletas. Despues nos ponemos a organizar todo el equipo. Lo que venía dentro de las cajas de las bicis ahora hay que meterlo en un par de alforjas, así que nos lleva un buen rato. Cuando por fin vamos a salir, descubrimos que mi rueda delantera está pinchada, así que tenemos que ponernos a cambiar la cámara.


Cuando por fin estamos listos de nuevo, empieza a llover. Por suerte sólo es una nube. Salimos desde el camping hacia Keflavik (el camping está un poco apartado) y en un taller hinchamos las ruedas. El pueblo nos parece pequeño, luego íbamos a descubrir que es toda una metrópolis comparada con el resto de pueblos/ciudades de la isla. Compramos pan y galletas en el super y nos ponemos en camino. Los primeros kms del día son por la carretera que une Keflavik con Reykjavik, así que hay mucho tráfico y además la carretera está en obras, por lo que no se hace agradable ciclar con tanto coche, estrechamientos y demás, pero sólo fueron 7 kms. Después cogimos un cruce hacia Grindavik, en la costa sur de la península de Reykjanes. El paisaje en esta zona es muy volcánico; un campo de lava cubierto de musgo que se extiende a ambos lados de la carretera.

Casi desde la salida en Keflavik se podían ver las nubes de vapor de la Blue Lagoon, un complejo termal turítico en el cual los bañistas retozan en los residuos de una central geotérmica.

Al llegar a Grindavik la ruta se desvía hacia el este recorriendo la costa.

El asfalto se acaba a unos 5 kms de Grindavik, despues de pasar el típico muro islandés. Esto es una subida de máximo 5 kms (lo normal son 2) con un porcentaje siempre superior al 10%.


Esta pista está en muy malas condiciones, pero es el lugar ideal probar la resistencia del equipo que te has llevado. Lo peor de las pistas en Islandia es que la superficie es muy rizada, así que es muy dificil coger el ritmo y pedalear con soltura.


Tan pronto como acabó la pista acampamos cerca de una iglesia. Era un lugar bucólico total, con las ovejillas pastando, las verdes praderas, el río de agua cristalina, la iglesia de madera... Cenamos y nos fuimos a dormir. En julio habíamos sido un poco vagos así que no estabamos en nuestro mejor momento de forma y la pista nos había hecho un poco de daño.

